Carta nº 02
Invierno de 2026
Sotoblanco
10 min de lectura
La sequía de 2022 y lo que no medimos a tiempo
La sequía de 2022
Y lo que no medimos a tiempo
Carta nº 2 · Invierno de 2026 · Sotoblanco
La campaña 2021-22 fue, en Marchamalo, la cuarta más seca de las últimas diez. Llovieron 370 milímetros. La media es 449. La evapotranspiración no se molestó en ajustarse a la baja: 1.048 milímetros. La planta tuvo que evapotranspirar tres veces lo que cayó, contra todo lo que el suelo guardaba del invierno.
Esto, en abstracto, sé que parece un dato curioso. En el campo significó otra cosa. Significó que la colza de la UP-2 entró en floración con apenas 30 milímetros acumulados en las últimas seis semanas y un suelo que ya estaba seco más allá del medio metro. Significó que cuando llegó la primera ola de calor —los 41,5°C del 14 de julio— el llenado del trigo de la UP-3 se aceleró tres semanas antes de lo previsto y se quedó por debajo del peso específico que el contrato exigía.
Voy a contar esta carta sin maquillarla, porque la utilidad de un cuaderno como este es justo la opuesta: contar también lo que no salió bien, y por qué.
Lo que medimos a tiempo
La parte buena, primero. Sotoblanco tenía, en 2022, tres años de medición sistemática del suelo, dos campañas de NDVI satelital con cadencia quincenal, y un plan de rotación plurianual que llevaba dos vueltas. No estábamos a ciegas.
Sabíamos, desde principios de marzo, que la campaña iba a ser deficitaria: las precipitaciones acumuladas en los primeros seis meses del ciclo agrícola eran de 105 milímetros contra 180 de media. La estación SIAR no miente. Los mapas NDVI mostraban un retraso fenológico de aproximadamente diez días en el conjunto de la finca respecto a las dos campañas anteriores.
Con ese diagnóstico tomamos dos decisiones que sí funcionaron:
Primero, ajustamos la dosis de cobertera del trigo a la baja en un 18%. El razonamiento era simple: si la planta no va a poder utilizar el nitrógeno de forma eficiente porque el agua no va a acompañar, aplicarlo entero es tirar dinero al suelo. La regla que aprendimos en años anteriores —que en campañas con menos de 350 mm acumulados a finales de febrero hay que descontar en torno al 15-20% de la dosis nominal— nos ahorró ocho mil euros y, lo que es más importante, no nos sobrefertilizó la parcela.
Segundo, en la UP-4 cambiamos in extremis la siembra de cebada por avena, anticipando la mayor capacidad de la avena para cerrar ciclo con menos agua. La decisión se tomó en una conversación de cuarenta minutos el 28 de septiembre, con la sembradora ya en camino. La cebada se habría quedado en 2,1 toneladas por hectárea. La avena nos dio 3,4.
Esas dos decisiones —pequeñas, técnicas, basadas en datos que ya teníamos— compensaron una parte del estrago.
Lo que no medimos a tiempo
Y ahora la parte difícil.
Lo que no medimos a tiempo fue el agua disponible en profundidad. Sí, teníamos análisis de suelo. Sí, teníamos NDVI. Sí, teníamos un balance hídrico calculado desde el ETo y la P de la estación. Pero el balance hídrico calculado es una estimación, no una medición. La realidad es que las sondas capacitivas que hoy tenemos en cuatro puntos de la finca, en 2022 las teníamos solo en uno, y ese punto estaba en una zona con perfil de suelo más profundo que el resto.
Cuando la sonda decía que aún había reserva, en otras parcelas la reserva ya se había agotado. Pero como solo teníamos una sonda y mirábamos el dato sin matizarlo por la heterogeneidad del suelo, nos confiamos.
La consecuencia se vio en la colza de la UP-2. Aplicamos el segundo tratamiento foliar en una ventana que, sobre el papel, era razonable: el ETo previsto era moderado, la temperatura no excesiva. Pero el suelo ya estaba seco más allá de lo que la sonda única indicaba, y la planta estaba en estrés más avanzado del que registrábamos. El tratamiento no se absorbió bien y el rendimiento se quedó en 1,3 toneladas, contra las 2,1 que el plan proyectaba.
Una diferencia de 800 kilos por hectárea, sobre cuarenta hectáreas, son treinta y dos toneladas que no entraron al silo. A precio del año, dieciséis mil euros. Más caro que las sondas que faltaban.
Lo que cambiamos a partir de ahí
La conclusión técnica fue obvia, pero conviene escribirla porque importa.
Pasamos de una sonda a cuatro entre 2023 y 2024, distribuidas según el mapa de profundidad de perfil del suelo —lo que el análisis de conductividad eléctrica y las catas de hoyos nos habían dicho que era la heterogeneidad real de la finca, no la heterogeneidad asumida. La sonda de zona profunda dejó de dictar el calendario de toda la finca; pasó a ser una de cuatro voces que cruzamos.
Pero la lección más importante no fue técnica. Fue metodológica.
Aprendimos que un dato disponible no es lo mismo que un dato calibrado. Tener una sonda no es tener medición; es tener un punto. Para que el dato sirva hay que conocer dónde está colocado, qué representa, contra qué se contrasta. La diferencia entre una operación que mide y una operación que parece medir suele estar exactamente ahí: en la calibración de los puntos de control.
Esta lección, en este oficio, se paga con cosechas perdidas. Es la matrícula.
¿Por qué cuento esto?
Porque la primera tentación, cuando uno construye una dirección técnica nueva, es contar solo lo que sale bien. Es muy fácil. Tenemos cinco años de mejoras medibles, un mosaico de UPs que funciona, una matriz de cultivos que reparte el riesgo, números de ahorro que se sostienen ante una auditoría. Sería sencillo escribir cartas de victoria.
Sería también deshonesto, porque cualquiera que se esté planteando entregar la gestión técnica de su finca a un equipo externo tiene derecho a saber dónde nos hemos equivocado. La pregunta no es si nos hemos equivocado —lo hemos hecho y lo haremos otra vez—. La pregunta es si tenemos un sistema para detectar el error, para medir su tamaño, para corregirlo, y para no repetirlo. Esa es la única definición de dirección técnica que merece el nombre.
La sequía de 2022 fue cara. Las sondas adicionales costaron una décima parte de lo que perdimos. El protocolo de calibración —cruzar siempre al menos tres puntos de medición antes de decidir un tratamiento foliar en condiciones de estrés hídrico— se incorporó como práctica fija en 2023 y no ha vuelto a fallar.
Esa es la diferencia entre asesoría y dirección técnica. La asesoría se reescribe entre campañas. La dirección técnica se acumula entre ciclos.
Una nota sobre lo que se viene
La climatología que registró la estación SIAR en 2024-25 fue, por cierto, la opuesta: 604 milímetros, la segunda más lluviosa de la década. Un suelo que cerró el ciclo con reserva, una colza que llenó como esperábamos, un trigo que recuperó margen.
No me consuela demasiado. Las campañas húmedas también tienen sus errores que no medimos a tiempo, y los iremos contando cuando aparezcan. Lo importante —y es lo único que me importa decir en esta segunda Carta— es que el sistema sigue siendo el mismo: cuatro lecturas, sostenidas, cruzadas, calibradas. La métrica de éxito no son los años buenos. Son los años malos.
Si tu finca se gestiona como Sotoblanco en 2021, sabes lo que pasa cuando llega un 2022. Lo digo sin dramatismo, porque la mayoría del campo español está exactamente así. La pregunta es si el siguiente 2022 vas a leerlo a tiempo o no.
La próxima carta hablará del pistacho en Castilla-La Mancha: por qué se está expandiendo, qué leemos antes de recomendarlo, y por qué la decisión de plantar leñoso a 25 años no admite atajos.
— El director técnico, Sotoblanco. Invierno de 2026.
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